Foto de Ángel Muñoz

sábado, 14 de julio de 2018

La poesía es un ser vivo


La poesía es un ser vivo y palpita. El pálpito de la poesía puede ser quedo, permanecer prácticamente silencioso, agazapado entre volúmenes en librerías y bibliotecas, en mesillas y dentro de cajones o bolsos. Otras veces su latido se eleva, es altavoz, contagio o barricada. Hay asimismo poetas que se quedan en casa, poetas que salen a la calle y poetas que convocan la poesía y le ponen una mecha para que prenda.
Algo así, lo último, es lo que he visto que ocurre en el festival Poetas en Mayo, que organiza en Vitoria-Gasteiz la profesora, poeta y actriz Elisa Rueda y al que he tenido la suerte de ser invitada este año.
A los 12 años estuve en Vitoria pasando un verano en casa de una tía mía que vivía temporalmente allí. Fue uno de esos veranos iniciáticos: allí aprendí a fumar con tabaco negro, patiné sobre hielo, me lancé desde lo alto de un trampolín, fui a un guateque en el que se escuchaban canciones de amor en euskera y las parejas bailaban lento y se besaban, paseé por el parque de La Florida, que en aquellos momentos me pareció inmenso y tomé mosto con una aceituna dentro.
Hasta que no he regresado a la ciudad en este mes de mayo, cuarenta años más tarde, no he sido consciente de lo sólidamente grabados que estaban todos esos recuerdos púberes. El mismo chirimiri de entonces me volvía a recibir y, junto a la fina lluvia, más de cien poetas convocados dentro del festival en una de sus actividades más masivas y junto a quienes empecé la aventura leyendo en los caños medievales.
Yo, que soy muy de patio de luces, que adoro esos microuniversos en los que se solapan las llamadas a la cena, con la ropa tendida, el sonido de los televisores, el olor a tortilla de patata y el cacharreo de las cocinas, desconocía por completo la existencia de estos espacios cuya función original fue la de recoger las aguas sucias que se arrojaban desde las viviendas. Ahora, rehabilitados y convertidos en angostos pasillos verdes, se convierten en espacios para recitales dentro del Festival de poesía. Bajo la lluvia, entre las plantas, los versos encuentran cauce.
Nos sentó bien la lluvia a los cien poetas y nos proporcionó la excusa perfecta para abrir cien paraguas morados en los que de nuevo los versos ponían su sello esta vez sumándose a una campaña contra la violencia machista que tendrá su punto álgido el 25 de noviembre.
Si digo que en Poetas en Mayo se prende la mecha poética, lo digo porque la llamarada se extiende por toda la ciudad y es la ciudad la que reacciona a esa onda expansiva demostrando un interés muy poco frecuente en este tipo de propuestas y que a mí me ha dejado maravillada. Creo que Elisa Rueda ha sabido tocar los resortes adecuados para que este no sea un festival de poesía para poetas sino un festival de poesía en y para la ciudad.
Las iniciativas y las complicidades que se ponen en funcionamiento consiguen que la ciudad respire y emane poesía durante casi un mes. De este modo, los poemas aparecen en los escaparates de más de un centenar de comercios de la ciudad, escritos por sus autores dentro de una propuesta denominada páginas de cristal; se recita en el tranvía, en los institutos, en los colegios, en los parques, en bares, teatros, centros culturales, cines, museos, portales… Ningún rincón se queda sin su dosis de poesía. Se recita en castellano y en euskera, en voz baja y con megáfono, con música y performance, poesía teatralizada y recitales intimistas, voces nuevas y consolidadas, poesía fonética o rap… Hay hueco para todo y, lo más increíble, todas las actividades convocan a decenas o centenares de personas.
Disfruté con todo lo que hice, pero ver cómo uno de mis poemas se horneaba en el interior de una hogaza de pan, de muchas hogazas de pan que se vendieron durante todo un día en una de las panaderías de Vitoria ha sido una de las experiencias más hermosas que se han llevado a cabo con mi poesía. Pensar en ese verso alimenticio, en la sorpresa de quien parte el pan en la mesa y saca de su interior el poema y lo lee mientras mastica la miga, la corteza, mientras moja la salsa, prepara el bocadillo al hijo o tuesta la rebanada del desayuno, me parece una metáfora perfecta de la siempre cuestionada utilidad del lenguaje poético, de la palabra nutritiva y crujiente.
Agradecida y admirada cierro el paraguas, resguardo el olor de la gente, la tierra y las palabras. Poetas en Mayo, Vitoria-Gasteiz, volveré.

Inma Luna

viernes, 17 de noviembre de 2017

Artículo sin opinión


Me dice Julio Castro que ya no escribo artículos. Le contesto que no tengo opiniones y me asegura que eso ya es una opinión. Lo dudo, pero escribo. Y es cierto; no se trata de ninguna impostura. Tampoco es cuestión de ponerme cínica o situarme en el, siempre mejor visto, privilegiado palco de los escépticos. No. Es una cuestión de salvaguarda, de alejamiento, de ablución. Nihilista me llamaba Julio ayer, que tenía interés en soltar el turnegeviano adjetivo y le facilité la excusa. Puede que un poco, sí, un poco de nada para que no me arrase el artificio. Un poco de nada porque hay demasiado de mucho. Una separación lo suficientemente amplia para ridiculizar lo que mirado desde tan cerca nos suena imprescindible. Desde este lejano punto de vista, la Tierra puede no parecer muy interesante, digo, sumándome a la reflexión de Carl Sagan, observando aburrida junto a él este punto azul pálido mientras me concentro en otros ritmos.

Escucho los latidos de mi cuerpo, de los cuerpos cercanos, los que hay que cuidar, los que nos cuidan. Sin muchas injerencias permanezco atenta a esas necesidades. Luego, me fijo en el hombre que pesca, en la mujer que saca los ajos de una tierra que decidió plantar; me fijo en lo que crece a pesar de la falta de lluvia, observo las mareas y a los niños que corren hacia nada, por el placer del juego.

Evito tener que cuestionar si lo que me interesa está justificado; si tengo que explicar de qué manera se adecúa a la nueva moral de quincalla; si soy lo suficientemente comprometida como para escribir en Facebook o en Twitter y seguir engordando mi calificadora imagen. Lo evito. Me alivia no tener que firmar alegatos coherentes. Poder contradecirme en el mutismo.

Así que sí, me alejo, desopino. No entro a debatir sobre causas ficticias, que nada tienen que ver con la poesía o los tomates (cosas que sí me siguen importando). La imposición de cánones en el escaparate, barnizados y huecos, me aleja con su fuerza centrífuga de análisis convencionales. Hay que aflojar. Liberarse de la mercadotecnia de la idea. Todo está en venta, disponible, y nos parece gratis. Ideología adulterada en la que sumergirse sin respirar. Gritar consignas feministas, independentistas, patrióticas o libertarias como hombres y mujeres anuncio. Enroscarnos en un discurso aprendido que nos convierte, al fin, en meros estereotipos de la simplificación.

Un apartarse lejos también de cualquier intención victoria o aplauso, para irme al cine, de paseo, escuchar música o abrazar a la gente que quiero; leer, pintar, escribir y quedarme mirando cómo pasa la tarde; cocinar o salir a cenar, darme un baño en el agua salada o quedarme en la cama, trabajar o pintarme las uñas. Hacer, pensar y decidir en un espacio de silencio en el que nada debe ser mostrado y sometido a evaluación. Instalarme en una bonhomía amplia sin importarme cuan ingenua pueda parecer. Callarme. De una vez.Me dice Julio Castro que ya no escribo artículos. Le contesto que no tengo opiniones y me asegura que eso ya es una opinión. Lo dudo, pero escribo. Y es cierto; no se trata de ninguna impostura. Tampoco es cuestión de ponerme cínica o situarme en el, siempre mejor visto, privilegiado palco de los escépticos. No. Es una cuestión de salvaguarda, de alejamiento, de ablución. Nihilista me llamaba Julio ayer, que tenía interés en soltar el turnegeviano adjetivo y le facilité la excusa. Puede que un poco, sí, un poco de nada para que no me arrase el artificio. Un poco de nada porque hay demasiado de mucho. Una separación lo suficientemente amplia para ridiculizar lo que mirado desde tan cerca nos suena imprescindible. Desde este lejano punto de vista, la Tierra puede no parecer muy interesante, digo, sumándome a la reflexión de Carl Sagan, observando aburrida junto a él este punto azul pálido mientras me concentro en otros ritmos.

Escucho los latidos de mi cuerpo, de los cuerpos cercanos, los que hay que cuidar, los que nos cuidan. Sin muchas injerencias permanezco atenta a esas necesidades. Luego, me fijo en el hombre que pesca, en la mujer que saca los ajos de una tierra que decidió plantar; me fijo en lo que crece a pesar de la falta de lluvia, observo las mareas y a los niños que corren hacia nada, por el placer del juego.

Evito tener que cuestionar si lo que me interesa está justificado; si tengo que explicar de qué manera se adecúa a la nueva moral de quincalla; si soy lo suficientemente comprometida como para escribir en Facebook o en Twitter y seguir engordando mi calificadora imagen. Lo evito. Me alivia no tener que firmar alegatos coherentes. Poder contradecirme en el mutismo.

Así que sí, me alejo, desopino. No entro a debatir sobre causas ficticias, que nada tienen que ver con la poesía o los tomates (cosas que sí me siguen importando). La imposición de cánones en el escaparate, barnizados y huecos, me aleja con su fuerza centrífuga de análisis convencionales. Hay que aflojar. Liberarse de la mercadotecnia de la idea. Todo está en venta, disponible, y nos parece gratis. Ideología adulterada en la que sumergirse sin respirar. Gritar consignas feministas, independentistas, patrióticas o libertarias como hombres y mujeres anuncio. Enroscarnos en un discurso aprendido que nos convierte, al fin, en meros estereotipos de la simplificación.

Un apartarse lejos también de cualquier intención victoria o aplauso, para irme al cine, de paseo, escuchar música o abrazar a la gente que quiero; leer, pintar, escribir y quedarme mirando cómo pasa la tarde; cocinar o salir a cenar, darme un baño en el agua salada o quedarme en la cama, trabajar o pintarme las uñas. Hacer, pensar y decidir en un espacio de silencio en el que nada debe ser mostrado y sometido a evaluación. Instalarme en una bonhomía amplia sin importarme cuan ingenua pueda parecer. Callarme. De una vez.

jueves, 16 de marzo de 2017

Temblor y gusanitos

Comecome
gusanitos con dientes haciéndome agujeros por el cuerpo, dentro.
Vuelven al pecho imágenes de áridos. Qué más quisiera yo que entibiar de algún modo tanta cueva.
Abrir respiraderos, aunque se me desgarre la piel, que entre también algo que ventile.
Sólo, sin embargo, se cuela la mugre, empecinada, terca,
machacadita se va diluyendo en las venas, convirtiéndose en bilis.
Ni yo me lo creía,
hablo del equilibrio, de cinturones de seguridad, hablo de cosas que me ayudaran en lo más renqueante.
Ahora veo que, desconscientemente, no me fijé ni quise,
así que es muy probable que tampoco sea justo pedir cuentas a nadie.
Somos temblor, no hay nada de sólido en lo humano.

Taller: Lánzate a escribir

Tienes cosas que contar. Y cuando lees piensas: ojalá me atreviese yo a escribir. Sin embargo, te parece difícil,  crees que no vas a encontrar las palabras, o no sabes por dónde empezar…

Este taller nace para ti.

Con este taller de seis semanas por internet perderás el miedo a las palabras, las convertirás en tus aliadas y te divertirás a la par que expresarás con ellas tus emociones, relatarás tus historias o, simplemente, experimentarás con la escritura.

Cada 15 días recibirás un tema por email que te animará a escribir con propuestas de escritura, que serán revisadas por la profesora del curso. Tomarás también un primer contacto con los diferentes géneros literarios (relato, microrrelato, poesía, etc).

Cada uno de tus textos recibirá la revisión personalizada de la profesora de este curso, la escritora y profesora de escritura creativa Inma Luna.

CURSO DE NIVEL INICIACIÓN: No es necesaria experiencia previa en la escritura.

Tiempo estimado necesario para seguir el taller online: 3 horas/semana.

Toda la información AQUÍ

lunes, 9 de enero de 2017

Me levanto a los cero grados en punto


Puedo imaginar que abro la puerta. Lo hago con una supuesta tranquilidad. Abro la puerta y respiro, absorbo aire que no huele a pescado, que no tiene el aroma a deshielo sanguinolento de mi congelador.
Me levanto a los cero grados en punto e imagino que este será el día en el que abra la puerta. Así que pongo todo en marcha. Imagino que me doy una ducha y que al principio es tibia y luego fresca, que me traspasa el pelo dejándome crujientes el cerebro y los rizos.
El desayuno, breve, lo imagino alargado y al sol mientras abrazo la taza de insípido café aspirando la nada.
Me puedo imaginar que abro la puerta, que los pulmones se sienten prevenidos, que saben que tendrán su alimento de aire renovado.
Voy de acá para allá sin levantar el culo del sofá, arrastro mantas, pero imagino que he salido de casa justo a tiempo para comerme la puesta de sol.
Imagino que abro la puerta, que hoy será un buen día, como mañana, para no tener miedo y dar la bocanada.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Humo o una caja vacía

El abandono de las cosas, la dejadez.
Rastros de esa desidia en hojas pudriéndose en el suelo, en la gente olvidada o que se aleja.
Me arrincono aquí restregando las pocas inquietudes y preguntándome si tengo alguna posibilidad.
Los desalientos que vienen por un dolor externo, ajeno y grande. Por un dolor que me pide cierta responsabilidad, pensar en él y convocar alguna forma de aplacarlo.
No sé si la palabra tiene algo que no suene hueco.
Si tiene consistencia.
No sé si yo no me estaré convirtiendo en humo.
O en una caja vacía

jueves, 14 de enero de 2016

Queremos trabajar, por supuesto, queremos estar con nuestros hijos, por supuesto.

Con 19 años estudiaba segundo curso de Periodismo y estaba embarazada. Como estaba previsto que mi hijo naciera en el mes de mayo me presenté a los exámenes de febrero y solicité a los profesores que me guardasen la nota de ese primer parcial para poder examinarme de la segunda parte en septiembre y no de toda la asignatura. Ninguno de ellos me lo permitió. Si vas a tener un hijo no es problema de nadie, tienes que buscarte la vida. El parto se adelantó y mi hijo nació a primeros de abril, así que pude presentarme a algunas asignaturas en junio. De todas formas ese curso lo tuve que hacer en dos años. En los años siguientes me levantaba a las seis de la mañana para poder estar en clase a las ocho. El padre del niño lo llevaba con su abuela antes de irse a trabajar y yo regresaba a las doce y media para recogerlo. Luego, estudiaba mientras le criaba.
Posteriormente, ya con dos hijos, durante todos los años que trabajé de freelance, estaba con ellos la mayor parte del tiempo, mientras escribía, pero también me acompañaban a cubrir plenos, concentraciones, inauguraciones o ruedas de prensa. Nunca jamás mis jefes me reprocharon que no hiciese bien mi trabajo por ir acompañada de mis hijos.

Actualmente el trabajo está diseñado para hacerlo absolutamente incompatible con la crianza y no se buscan fórmulas para mejorar esta situación. Cierto es que se ha luchado mucho para conseguir recursos de cuidados para los niños y niñas, antes las guarderías, después las escuelas infantiles, ahora también, cada vez más, los abuelos.
Siempre he pensado que la maternidad no es un bien socialmente reconocido, que no tiene ningún prestigio y que se obvia, cuando, incluso si lo miramos desde un punto de vista puramente materialista, tener hijos debería ser uno de los valores más protegidos por cualquier comunidad social cuyo objetivo último no sea la extinción.

Sin embargo, la maternidad se invisibiliza, desaparece de los intereses generales y, por supuesto, de las condiciones laborales. Las mujeres hemos tenido que ocultar nuestras intenciones de ser madres en las entrevistas de trabajo y hasta nos ha parecido normal. Pero no lo era, no lo es. Las mujeres parimos, tenemos hijos, los criamos y nos ocupamos de ellos, también los padres tiene esa responsabilidad en la crianza y en la educación, esa responsabilidad y ese privilegio.

Este sistema capitalista en el que estamos inmersos nos ha llevado a normalizar episodios que son francamente terribles y que se alejan de la naturaleza humana. Abuelos, o cuidadoras, que llegan a las seis o siete de la mañana a casa de los hijos para que estos se vayan a trabajar y luego ellos lleven a los niños al cole (o a la guarde), les recojan y pasen la tarde con ellos la tarde hasta que, entrada la noche, la madre y el padre vuelvan a por ellos, si acaso con el tiempo justo para acostarles. O niños y niñas que pasan las tardes enteras solos en casa, con la única y perniciosa compañía del televisor. Eso no es bueno, no es bueno para las madres ni para los padres ni para los hijos. Pero nos parece normal.
Sin embargo, nos echamos las manos a la cabeza porque ayer una diputada se lleva a su bebé al Congreso. Se le ataca desde todos los frentes, machistas, feministas, de derechas, de izquierdas, hombres y mujeres. Se critica que otras mujeres no puedan hacerlo, que sea una pose, un espectáculo...
Yo defiendo este gesto desde las entrañas y desde la razón. Creo que solamente por haber puesto el tema sobre el tapete tiene un valor sustancial, pero además creo que es hermoso y reivindicativo; creo que si ella ha tenido la oportunidad de hacerlo tenía también la obligación. Ella, con su bebé, no perjudica a las mujeres, ni a los hombres, que no pueden dedicar más tiempo a sus hijos, ella nos lo ha recordado.
Y sí, se pueden hacer muchas cosas, no es imposible; muchos de nuestros trabajos actualmente se pueden realizar desde casa, aunque nos quieran seguir obligando (por un concepto paleto y antiguo de vigilancia laboral) a ir a las oficinas a calentar la silla; se deben implementar horarios razonables para que la gente pueda hacer algo más que ir a trabajar y puedan compartir tiempo con sus hijos e hijas. Las reducciones de jornada y las bajas maternales deben normalizarse y ampliarse todo lo necesario sin que eso suponga una depreciación del trabajador o la trabajadora...
Todo esto sigue siendo reivindicación, una reivindicación que, como tantas, pasa desapercibida porque mayoritariamente afecta a las mujeres y el mercado laboral sólo mira hacia nosotras cuando no le salen las cuentas. En este sentido, es evidente que el género y la edad se han convertido durante mucho tiempo en elementos sustantivos de desigualdad laboral y cabe recordar que a través del trabajo, además de subsistencia, se adquiere reconocimiento social, prestigio y status. Así a los hombres se les considera más en el escenario de la producción y a las mujeres en el de la reproducción, en la esfera de lo doméstico, ámbito al que se ha limitado todo lo relacionado con la maternidad y los hijos.
Pues bien, ha llegado el momento de replantearse todo esto y de sacar a la luz la maternidad en el mundo laboral no sólo en el aspecto formal sino también en el ideológico, reivindicando el valor social de la misma y también el derecho a su disfrute.
Queremos trabajar, por supuesto, queremos estar con nuestros hijos, por supuesto.