Foto de Ángel Muñoz

jueves, 16 de marzo de 2017

Temblor y gusanitos

Comecome
gusanitos con dientes haciéndome agujeros por el cuerpo, dentro.
Vuelven al pecho imágenes de áridos. Qué más quisiera yo que entibiar de algún modo tanta cueva.
Abrir respiraderos, aunque se me desgarre la piel, que entre también algo que ventile.
Sólo, sin embargo, se cuela la mugre, empecinada, terca,
machacadita se va diluyendo en las venas, convirtiéndose en bilis.
Ni yo me lo creía,
hablo del equilibrio, de cinturones de seguridad, hablo de cosas que me ayudaran en lo más renqueante.
Ahora veo que, desconscientemente, no me fijé ni quise,
así que es muy probable que tampoco sea justo pedir cuentas a nadie.
Somos temblor, no hay nada de sólido en lo humano.

Taller: Lánzate a escribir

Tienes cosas que contar. Y cuando lees piensas: ojalá me atreviese yo a escribir. Sin embargo, te parece difícil,  crees que no vas a encontrar las palabras, o no sabes por dónde empezar…

Este taller nace para ti.

Con este taller de seis semanas por internet perderás el miedo a las palabras, las convertirás en tus aliadas y te divertirás a la par que expresarás con ellas tus emociones, relatarás tus historias o, simplemente, experimentarás con la escritura.

Cada 15 días recibirás un tema por email que te animará a escribir con propuestas de escritura, que serán revisadas por la profesora del curso. Tomarás también un primer contacto con los diferentes géneros literarios (relato, microrrelato, poesía, etc).

Cada uno de tus textos recibirá la revisión personalizada de la profesora de este curso, la escritora y profesora de escritura creativa Inma Luna.

CURSO DE NIVEL INICIACIÓN: No es necesaria experiencia previa en la escritura.

Tiempo estimado necesario para seguir el taller online: 3 horas/semana.

Toda la información AQUÍ

lunes, 9 de enero de 2017

Me levanto a los cero grados en punto


Puedo imaginar que abro la puerta. Lo hago con una supuesta tranquilidad. Abro la puerta y respiro, absorbo aire que no huele a pescado, que no tiene el aroma a deshielo sanguinolento de mi congelador.
Me levanto a los cero grados en punto e imagino que este será el día en el que abra la puerta. Así que pongo todo en marcha. Imagino que me doy una ducha y que al principio es tibia y luego fresca, que me traspasa el pelo dejándome crujientes el cerebro y los rizos.
El desayuno, breve, lo imagino alargado y al sol mientras abrazo la taza de insípido café aspirando la nada.
Me puedo imaginar que abro la puerta, que los pulmones se sienten prevenidos, que saben que tendrán su alimento de aire renovado.
Voy de acá para allá sin levantar el culo del sofá, arrastro mantas, pero imagino que he salido de casa justo a tiempo para comerme la puesta de sol.
Imagino que abro la puerta, que hoy será un buen día, como mañana, para no tener miedo y dar la bocanada.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Humo o una caja vacía

El abandono de las cosas, la dejadez.
Rastros de esa desidia en hojas pudriéndose en el suelo, en la gente olvidada o que se aleja.
Me arrincono aquí restregando las pocas inquietudes y preguntándome si tengo alguna posibilidad.
Los desalientos que vienen por un dolor externo, ajeno y grande. Por un dolor que me pide cierta responsabilidad, pensar en él y convocar alguna forma de aplacarlo.
No sé si la palabra tiene algo que no suene hueco.
Si tiene consistencia.
No sé si yo no me estaré convirtiendo en humo.
O en una caja vacía

jueves, 14 de enero de 2016

Queremos trabajar, por supuesto, queremos estar con nuestros hijos, por supuesto.

Con 19 años estudiaba segundo curso de Periodismo y estaba embarazada. Como estaba previsto que mi hijo naciera en el mes de mayo me presenté a los exámenes de febrero y solicité a los profesores que me guardasen la nota de ese primer parcial para poder examinarme de la segunda parte en septiembre y no de toda la asignatura. Ninguno de ellos me lo permitió. Si vas a tener un hijo no es problema de nadie, tienes que buscarte la vida. El parto se adelantó y mi hijo nació a primeros de abril, así que pude presentarme a algunas asignaturas en junio. De todas formas ese curso lo tuve que hacer en dos años. En los años siguientes me levantaba a las seis de la mañana para poder estar en clase a las ocho. El padre del niño lo llevaba con su abuela antes de irse a trabajar y yo regresaba a las doce y media para recogerlo. Luego, estudiaba mientras le criaba.
Posteriormente, ya con dos hijos, durante todos los años que trabajé de freelance, estaba con ellos la mayor parte del tiempo, mientras escribía, pero también me acompañaban a cubrir plenos, concentraciones, inauguraciones o ruedas de prensa. Nunca jamás mis jefes me reprocharon que no hiciese bien mi trabajo por ir acompañada de mis hijos.

Actualmente el trabajo está diseñado para hacerlo absolutamente incompatible con la crianza y no se buscan fórmulas para mejorar esta situación. Cierto es que se ha luchado mucho para conseguir recursos de cuidados para los niños y niñas, antes las guarderías, después las escuelas infantiles, ahora también, cada vez más, los abuelos.
Siempre he pensado que la maternidad no es un bien socialmente reconocido, que no tiene ningún prestigio y que se obvia, cuando, incluso si lo miramos desde un punto de vista puramente materialista, tener hijos debería ser uno de los valores más protegidos por cualquier comunidad social cuyo objetivo último no sea la extinción.

Sin embargo, la maternidad se invisibiliza, desaparece de los intereses generales y, por supuesto, de las condiciones laborales. Las mujeres hemos tenido que ocultar nuestras intenciones de ser madres en las entrevistas de trabajo y hasta nos ha parecido normal. Pero no lo era, no lo es. Las mujeres parimos, tenemos hijos, los criamos y nos ocupamos de ellos, también los padres tiene esa responsabilidad en la crianza y en la educación, esa responsabilidad y ese privilegio.

Este sistema capitalista en el que estamos inmersos nos ha llevado a normalizar episodios que son francamente terribles y que se alejan de la naturaleza humana. Abuelos, o cuidadoras, que llegan a las seis o siete de la mañana a casa de los hijos para que estos se vayan a trabajar y luego ellos lleven a los niños al cole (o a la guarde), les recojan y pasen la tarde con ellos la tarde hasta que, entrada la noche, la madre y el padre vuelvan a por ellos, si acaso con el tiempo justo para acostarles. O niños y niñas que pasan las tardes enteras solos en casa, con la única y perniciosa compañía del televisor. Eso no es bueno, no es bueno para las madres ni para los padres ni para los hijos. Pero nos parece normal.
Sin embargo, nos echamos las manos a la cabeza porque ayer una diputada se lleva a su bebé al Congreso. Se le ataca desde todos los frentes, machistas, feministas, de derechas, de izquierdas, hombres y mujeres. Se critica que otras mujeres no puedan hacerlo, que sea una pose, un espectáculo...
Yo defiendo este gesto desde las entrañas y desde la razón. Creo que solamente por haber puesto el tema sobre el tapete tiene un valor sustancial, pero además creo que es hermoso y reivindicativo; creo que si ella ha tenido la oportunidad de hacerlo tenía también la obligación. Ella, con su bebé, no perjudica a las mujeres, ni a los hombres, que no pueden dedicar más tiempo a sus hijos, ella nos lo ha recordado.
Y sí, se pueden hacer muchas cosas, no es imposible; muchos de nuestros trabajos actualmente se pueden realizar desde casa, aunque nos quieran seguir obligando (por un concepto paleto y antiguo de vigilancia laboral) a ir a las oficinas a calentar la silla; se deben implementar horarios razonables para que la gente pueda hacer algo más que ir a trabajar y puedan compartir tiempo con sus hijos e hijas. Las reducciones de jornada y las bajas maternales deben normalizarse y ampliarse todo lo necesario sin que eso suponga una depreciación del trabajador o la trabajadora...
Todo esto sigue siendo reivindicación, una reivindicación que, como tantas, pasa desapercibida porque mayoritariamente afecta a las mujeres y el mercado laboral sólo mira hacia nosotras cuando no le salen las cuentas. En este sentido, es evidente que el género y la edad se han convertido durante mucho tiempo en elementos sustantivos de desigualdad laboral y cabe recordar que a través del trabajo, además de subsistencia, se adquiere reconocimiento social, prestigio y status. Así a los hombres se les considera más en el escenario de la producción y a las mujeres en el de la reproducción, en la esfera de lo doméstico, ámbito al que se ha limitado todo lo relacionado con la maternidad y los hijos.
Pues bien, ha llegado el momento de replantearse todo esto y de sacar a la luz la maternidad en el mundo laboral no sólo en el aspecto formal sino también en el ideológico, reivindicando el valor social de la misma y también el derecho a su disfrute.
Queremos trabajar, por supuesto, queremos estar con nuestros hijos, por supuesto.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Secretos de la tierra




La tierra tiene los secretos.
Los contiene.
Atesora la sabiduría de los siglos.
Los hombres, las mujeres, hace millones de años, comenzamos a rascar en su interior, a extraerle los jugos, los frutos.
También aprendimos a domeñarla, a mimarla, para que sus regalos fuesen más numerosos, más valiosos, más dulces, delicados.
La tierra digiere el carbón hasta hacerlo diamante; el ser humano, con la paciencia, la experiencia y la pasión ha convertido un fruto, pequeño, sociable, arracimado, en un líquido vivo, que evoluciona, permuta, se agria o sofistica en la medida en que se le apliquen los cuidados precisos.
Rebuscar en el misterio nos apasiona, modificar la naturaleza para crear, esa es una de nuestras características vitales.


Hacer vino de la uva, del zumo, levar, fermentar, acunar en lo oscuro y sacar a la luz ese líquido brillante y extraordinario.
Luego, una vez que se prueba y estallan los matices, el lenguaje pretende acercarse con tiento a la adjetivación perfecta y requiere palabras hermosas y redondas, de retrogusto y cata que intentan explicar lo indemostrable: la pasión que contiene la copa, el enigma.


Fuimos a Valtravieso, nos asomamos a la tierra, vimos la viña retorcida, la uva prieta.
Nos dejamos guiar por la pasión, por el duro camino hacia el buen resultado.
Estamos muy arriba, en lo más alto de la Ribera del Duero, donde el viento barre las amenazas y construye un líquido distinto, un líquido que esta pequeña bodega quiere amansar y quitarle rudeza. En ello están, apasionados, entusiastas, buscándole, como desde hace siglos, a la uva el misterio.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El miedo y la educación emocional, un punto de vista sobre la violencia machista

Niñas en una escuela de Ciudad Juárez
Yo tendría aproximadamente ocho años. Vivía en un barrio periférico, con descampados, cerca de una colonia militar. Bajábamos a jugar a los terraplenes. Una mañana, dos chavales, cuatro o cinco años mayores que yo, me pidieron que les acompañara, que me tenían que decir una cosa. Yo me negué, pero ellos me dijeron que si no me lo decían podría pasarle algo malo a mi hermano pequeño. Tuve miedo, así que fui con ellos. Me llevaron, escoltada, mientras me susurraban palabras tranquilizadoras sobre mi hermanito, hasta una de las estrechas calles de la colonia militar, una en la que no había viviendas. Yo tenía cada vez más miedo. Una vez allí, uno de ellos se sentó en el suelo y me sentó sobre él. En ese momento, tiré de todas mis fuerzas de niña pequeña y me lié a patadas y puñetazos hasta que pude zafarme de los dos y salir corriendo hacia mi casa. Recuerdo que no grité. Tampoco se lo conté a mis padres, porque en el fondo tenía la sensación de que la culpa había sido mía y temía que me castigaran.
Siendo adolescente, iba caminando por la calle y dos chicos me agarraron, uno por delante y otro por detrás. Esta vez, la emprendí a mordiscos con ellos y, de nuevo, eché a correr. Tampoco grité, tampoco lo conté. También tuve miedo.
Luego, en general, tuve buenas relaciones con los hombres. Me casé y tuve un largo y razonablemente feliz matrimonio. Cuando decidí acabar con la relación, la cosa cambió. El que había sido para mí un buen marido no supo ser un buen ex marido. Su violencia fue económica. Me dejó sin nada, nada de aquello por lo que yo había trabajado durante más de 20 años de convivencia. También él tuvo miedo y ese fue su modo de defenderse.

No tenemos educación emocional, mejor dicho, tenemos una terrible y tóxica educación emocional. Una educación limitante que no nos ayuda a relacionarnos, que sitúa a hombres y mujeres en parámetros artificiales, pero muy bien estructurados, alentados por una sociedad a la que beneficia este modelo.
No hace mucho, en mi viaje a México, para llevar a cabo el proyecto "Más allá del miedo están ellas" sobre las mujeres que viven en entornos de violencia, una de ellas consideraba que uno de los mayores errores del feminismo era intentar acabar con el patriarcado, ya que éste era el pilar fundamental de la familia y la familia era la base de la sociedad. Efectivamente, la base de una sociedad que da como resultado la pandemia de la violencia contra las mujeres, sostenida por unos constructos de privilegio y desigualdad que mantienen siempre prendida esa llama.

La idea de la independencia económica de las mujeres, que hace unos pocos años nos parecía fundamental para acabar con este sistema de valores opresivos, no parece tampoco ser la clave, ya que esa dependencia no era otra cosa que un producto más de la desigualdad, no una causa. Ahora mismo, mujeres económicamente independientes continúan siendo víctimas de la violencia.

Antropológicamente existen pocos ejemplos, y casi ninguno contrastado, de sociedades matriarcales; más bien se hace referencia a mitos, analizados desde puntos de vista occidentales y moralistas por teóricos del siglo XIX, que advertían de que este tipo de sociedades, basadas en la irracionalidad y el simbolismo fanático, solían terminar en anarquía, según las teorías evolucionistas de Bachofen.
El caso es que, hayan existido o no estos grupos humanos regidos por el matriarcado, el mundo en el que vivimos está dominado por los valores masculinos, valores que, por otro lado, parece que nos hacen a todos y a todas un flaco favor.

Volvamos al tema de la educación emocional, que va mucho más allá de la tradicional división de roles. Hombres y mujeres aprendemos a relacionarnos entre nosotros a través de lo que nuestra cultura nos va marcando como comportamientos normalizados: quien bien te quiere te hará llorar; si no se ha sufrido es porque no se ha amado de verdad... Buscamos parejas que nos complementen como si estuviésemos incompletos, incompletas. No aprendemos, nadie nos enseña, a estar solas, a estar solos, a querernos así, a no necesitar, sino querer, querer compartir con alguien una parte de nuestra vida, regalarnos momentos, amarnos y amar; nadie nos enseña a ser primero personas completas y, luego, estar con alguien, sin exigencias, sin imposiciones, sin más expectativas que la de cuidarnos mutuamente durante el tiempo que compartamos.

Los hombres matan a las mujeres y seguramente el miedo forma parte de esa terrible decisión. De hecho, son muchos los que se suicidan después de asesinarlas. Y no es un modo de justificar sino de intentar entender, sólo desde la comprensión de los fenómenos violentos se puede caminar hacia su erradicación. El miedo a perderlas, a no saber cómo seguir adelante sin ellas no viene sólo de un sentimiento de posesión sino también de un sentimiento de indefensión; ellos también son víctimas de una educación que no les facilita esas herramientas, que les hace sentirse menos hombres si son ellas las que se marchan; una sociedad que no ha valorado la sensibilidad masculina, que no admite la debilidad, que ensalza la fuerza y la violencia como características positivas de los hombres y que, también, muchas veces, es injusta con ellos en las rupturas de pareja.
Las mujeres, por nuestra parte, aprendemos a gustarles, a seducirles. Nos enseñan a valorar nuestro cuerpo según sus gustos; a complacerles, a ser felices haciéndoles felices, a buscar en ellos protección y agradecer el piropo y el paternalismo. Leemos sobre eso, escuchamos canciones que nos transmiten esos mensajes, vemos películas en las que el sexo termina justo cuando ellos acaban de eyacular y se echan a un lado exhaustos mientras ellas suspiran encantadas. Aprendemos así. Cargamos también con el sentimiento de culpa cuando no somos capaces de cumplir sus expectativas, nos convertimos en víctimas de violencia verbal, psicológica, física y tenemos miedo, miedo de no saber qué va a pasar después, hacia qué abismo nos dirigimos.

Y así, mujeres y hombres, nos enredamos en relaciones infelices porque no hemos aprendido primero a ser personas completas y querernos así. Ese amor propio es una herramienta poderosa ante cualquier abuso.

La violencia contra las mujeres es un fenómeno, no obstante, poliédrico y que se manifiesta en sociedades muy distintas y en contextos muy diferentes. México, Afganistan, El Congo, Nigeria... España. En todas partes hay mujeres que mueren a manos de hombres. Según los casos, son mercancía, son cuerpos sin valor, son trofeos de guerra, son sacrificio religioso... Y son también mujeres asesinadas por aquellos hombres que debían amarlas, aquéllos en los que confiaban.

Hace muy poco una mujer de Sevilla, Eva M.P.D., de 42 años, fue asesinada por su ex marido cuando fue, como hacía cada día, a prepararle la comida a la casa de la que ella se había marchado con sus hijos. Seguramente este es uno de los ejemplos paradigmáticos de esta violencia machista, doméstica y terrible y de la necesidad imperiosa de avanzar hacia otro tipo de relaciones entre hombres y mujeres.