Foto de Ángel Muñoz

lunes, 28 de noviembre de 2016

Humo o una caja vacía

El abandono de las cosas, la dejadez.
Rastros de esa desidia en hojas pudriéndose en el suelo, en la gente olvidada o que se aleja.
Me arrincono aquí restregando las pocas inquietudes y preguntándome si tengo alguna posibilidad.
Los desalientos que vienen por un dolor externo, ajeno y grande. Por un dolor que me pide cierta responsabilidad, pensar en él y convocar alguna forma de aplacarlo.
No sé si la palabra tiene algo que no suene hueco.
Si tiene consistencia.
No sé si yo no me estaré convirtiendo en humo.
O en una caja vacía

jueves, 14 de enero de 2016

Queremos trabajar, por supuesto, queremos estar con nuestros hijos, por supuesto.

Con 19 años estudiaba segundo curso de Periodismo y estaba embarazada. Como estaba previsto que mi hijo naciera en el mes de mayo me presenté a los exámenes de febrero y solicité a los profesores que me guardasen la nota de ese primer parcial para poder examinarme de la segunda parte en septiembre y no de toda la asignatura. Ninguno de ellos me lo permitió. Si vas a tener un hijo no es problema de nadie, tienes que buscarte la vida. El parto se adelantó y mi hijo nació a primeros de abril, así que pude presentarme a algunas asignaturas en junio. De todas formas ese curso lo tuve que hacer en dos años. En los años siguientes me levantaba a las seis de la mañana para poder estar en clase a las ocho. El padre del niño lo llevaba con su abuela antes de irse a trabajar y yo regresaba a las doce y media para recogerlo. Luego, estudiaba mientras le criaba.
Posteriormente, ya con dos hijos, durante todos los años que trabajé de freelance, estaba con ellos la mayor parte del tiempo, mientras escribía, pero también me acompañaban a cubrir plenos, concentraciones, inauguraciones o ruedas de prensa. Nunca jamás mis jefes me reprocharon que no hiciese bien mi trabajo por ir acompañada de mis hijos.

Actualmente el trabajo está diseñado para hacerlo absolutamente incompatible con la crianza y no se buscan fórmulas para mejorar esta situación. Cierto es que se ha luchado mucho para conseguir recursos de cuidados para los niños y niñas, antes las guarderías, después las escuelas infantiles, ahora también, cada vez más, los abuelos.
Siempre he pensado que la maternidad no es un bien socialmente reconocido, que no tiene ningún prestigio y que se obvia, cuando, incluso si lo miramos desde un punto de vista puramente materialista, tener hijos debería ser uno de los valores más protegidos por cualquier comunidad social cuyo objetivo último no sea la extinción.

Sin embargo, la maternidad se invisibiliza, desaparece de los intereses generales y, por supuesto, de las condiciones laborales. Las mujeres hemos tenido que ocultar nuestras intenciones de ser madres en las entrevistas de trabajo y hasta nos ha parecido normal. Pero no lo era, no lo es. Las mujeres parimos, tenemos hijos, los criamos y nos ocupamos de ellos, también los padres tiene esa responsabilidad en la crianza y en la educación, esa responsabilidad y ese privilegio.

Este sistema capitalista en el que estamos inmersos nos ha llevado a normalizar episodios que son francamente terribles y que se alejan de la naturaleza humana. Abuelos, o cuidadoras, que llegan a las seis o siete de la mañana a casa de los hijos para que estos se vayan a trabajar y luego ellos lleven a los niños al cole (o a la guarde), les recojan y pasen la tarde con ellos la tarde hasta que, entrada la noche, la madre y el padre vuelvan a por ellos, si acaso con el tiempo justo para acostarles. O niños y niñas que pasan las tardes enteras solos en casa, con la única y perniciosa compañía del televisor. Eso no es bueno, no es bueno para las madres ni para los padres ni para los hijos. Pero nos parece normal.
Sin embargo, nos echamos las manos a la cabeza porque ayer una diputada se lleva a su bebé al Congreso. Se le ataca desde todos los frentes, machistas, feministas, de derechas, de izquierdas, hombres y mujeres. Se critica que otras mujeres no puedan hacerlo, que sea una pose, un espectáculo...
Yo defiendo este gesto desde las entrañas y desde la razón. Creo que solamente por haber puesto el tema sobre el tapete tiene un valor sustancial, pero además creo que es hermoso y reivindicativo; creo que si ella ha tenido la oportunidad de hacerlo tenía también la obligación. Ella, con su bebé, no perjudica a las mujeres, ni a los hombres, que no pueden dedicar más tiempo a sus hijos, ella nos lo ha recordado.
Y sí, se pueden hacer muchas cosas, no es imposible; muchos de nuestros trabajos actualmente se pueden realizar desde casa, aunque nos quieran seguir obligando (por un concepto paleto y antiguo de vigilancia laboral) a ir a las oficinas a calentar la silla; se deben implementar horarios razonables para que la gente pueda hacer algo más que ir a trabajar y puedan compartir tiempo con sus hijos e hijas. Las reducciones de jornada y las bajas maternales deben normalizarse y ampliarse todo lo necesario sin que eso suponga una depreciación del trabajador o la trabajadora...
Todo esto sigue siendo reivindicación, una reivindicación que, como tantas, pasa desapercibida porque mayoritariamente afecta a las mujeres y el mercado laboral sólo mira hacia nosotras cuando no le salen las cuentas. En este sentido, es evidente que el género y la edad se han convertido durante mucho tiempo en elementos sustantivos de desigualdad laboral y cabe recordar que a través del trabajo, además de subsistencia, se adquiere reconocimiento social, prestigio y status. Así a los hombres se les considera más en el escenario de la producción y a las mujeres en el de la reproducción, en la esfera de lo doméstico, ámbito al que se ha limitado todo lo relacionado con la maternidad y los hijos.
Pues bien, ha llegado el momento de replantearse todo esto y de sacar a la luz la maternidad en el mundo laboral no sólo en el aspecto formal sino también en el ideológico, reivindicando el valor social de la misma y también el derecho a su disfrute.
Queremos trabajar, por supuesto, queremos estar con nuestros hijos, por supuesto.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Secretos de la tierra




La tierra tiene los secretos.
Los contiene.
Atesora la sabiduría de los siglos.
Los hombres, las mujeres, hace millones de años, comenzamos a rascar en su interior, a extraerle los jugos, los frutos.
También aprendimos a domeñarla, a mimarla, para que sus regalos fuesen más numerosos, más valiosos, más dulces, delicados.
La tierra digiere el carbón hasta hacerlo diamante; el ser humano, con la paciencia, la experiencia y la pasión ha convertido un fruto, pequeño, sociable, arracimado, en un líquido vivo, que evoluciona, permuta, se agria o sofistica en la medida en que se le apliquen los cuidados precisos.
Rebuscar en el misterio nos apasiona, modificar la naturaleza para crear, esa es una de nuestras características vitales.


Hacer vino de la uva, del zumo, levar, fermentar, acunar en lo oscuro y sacar a la luz ese líquido brillante y extraordinario.
Luego, una vez que se prueba y estallan los matices, el lenguaje pretende acercarse con tiento a la adjetivación perfecta y requiere palabras hermosas y redondas, de retrogusto y cata que intentan explicar lo indemostrable: la pasión que contiene la copa, el enigma.


Fuimos a Valtravieso, nos asomamos a la tierra, vimos la viña retorcida, la uva prieta.
Nos dejamos guiar por la pasión, por el duro camino hacia el buen resultado.
Estamos muy arriba, en lo más alto de la Ribera del Duero, donde el viento barre las amenazas y construye un líquido distinto, un líquido que esta pequeña bodega quiere amansar y quitarle rudeza. En ello están, apasionados, entusiastas, buscándole, como desde hace siglos, a la uva el misterio.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El miedo y la educación emocional, un punto de vista sobre la violencia machista

Niñas en una escuela de Ciudad Juárez
Yo tendría aproximadamente ocho años. Vivía en un barrio periférico, con descampados, cerca de una colonia militar. Bajábamos a jugar a los terraplenes. Una mañana, dos chavales, cuatro o cinco años mayores que yo, me pidieron que les acompañara, que me tenían que decir una cosa. Yo me negué, pero ellos me dijeron que si no me lo decían podría pasarle algo malo a mi hermano pequeño. Tuve miedo, así que fui con ellos. Me llevaron, escoltada, mientras me susurraban palabras tranquilizadoras sobre mi hermanito, hasta una de las estrechas calles de la colonia militar, una en la que no había viviendas. Yo tenía cada vez más miedo. Una vez allí, uno de ellos se sentó en el suelo y me sentó sobre él. En ese momento, tiré de todas mis fuerzas de niña pequeña y me lié a patadas y puñetazos hasta que pude zafarme de los dos y salir corriendo hacia mi casa. Recuerdo que no grité. Tampoco se lo conté a mis padres, porque en el fondo tenía la sensación de que la culpa había sido mía y temía que me castigaran.
Siendo adolescente, iba caminando por la calle y dos chicos me agarraron, uno por delante y otro por detrás. Esta vez, la emprendí a mordiscos con ellos y, de nuevo, eché a correr. Tampoco grité, tampoco lo conté. También tuve miedo.
Luego, en general, tuve buenas relaciones con los hombres. Me casé y tuve un largo y razonablemente feliz matrimonio. Cuando decidí acabar con la relación, la cosa cambió. El que había sido para mí un buen marido no supo ser un buen ex marido. Su violencia fue económica. Me dejó sin nada, nada de aquello por lo que yo había trabajado durante más de 20 años de convivencia. También él tuvo miedo y ese fue su modo de defenderse.

No tenemos educación emocional, mejor dicho, tenemos una terrible y tóxica educación emocional. Una educación limitante que no nos ayuda a relacionarnos, que sitúa a hombres y mujeres en parámetros artificiales, pero muy bien estructurados, alentados por una sociedad a la que beneficia este modelo.
No hace mucho, en mi viaje a México, para llevar a cabo el proyecto "Más allá del miedo están ellas" sobre las mujeres que viven en entornos de violencia, una de ellas consideraba que uno de los mayores errores del feminismo era intentar acabar con el patriarcado, ya que éste era el pilar fundamental de la familia y la familia era la base de la sociedad. Efectivamente, la base de una sociedad que da como resultado la pandemia de la violencia contra las mujeres, sostenida por unos constructos de privilegio y desigualdad que mantienen siempre prendida esa llama.

La idea de la independencia económica de las mujeres, que hace unos pocos años nos parecía fundamental para acabar con este sistema de valores opresivos, no parece tampoco ser la clave, ya que esa dependencia no era otra cosa que un producto más de la desigualdad, no una causa. Ahora mismo, mujeres económicamente independientes continúan siendo víctimas de la violencia.

Antropológicamente existen pocos ejemplos, y casi ninguno contrastado, de sociedades matriarcales; más bien se hace referencia a mitos, analizados desde puntos de vista occidentales y moralistas por teóricos del siglo XIX, que advertían de que este tipo de sociedades, basadas en la irracionalidad y el simbolismo fanático, solían terminar en anarquía, según las teorías evolucionistas de Bachofen.
El caso es que, hayan existido o no estos grupos humanos regidos por el matriarcado, el mundo en el que vivimos está dominado por los valores masculinos, valores que, por otro lado, parece que nos hacen a todos y a todas un flaco favor.

Volvamos al tema de la educación emocional, que va mucho más allá de la tradicional división de roles. Hombres y mujeres aprendemos a relacionarnos entre nosotros a través de lo que nuestra cultura nos va marcando como comportamientos normalizados: quien bien te quiere te hará llorar; si no se ha sufrido es porque no se ha amado de verdad... Buscamos parejas que nos complementen como si estuviésemos incompletos, incompletas. No aprendemos, nadie nos enseña, a estar solas, a estar solos, a querernos así, a no necesitar, sino querer, querer compartir con alguien una parte de nuestra vida, regalarnos momentos, amarnos y amar; nadie nos enseña a ser primero personas completas y, luego, estar con alguien, sin exigencias, sin imposiciones, sin más expectativas que la de cuidarnos mutuamente durante el tiempo que compartamos.

Los hombres matan a las mujeres y seguramente el miedo forma parte de esa terrible decisión. De hecho, son muchos los que se suicidan después de asesinarlas. Y no es un modo de justificar sino de intentar entender, sólo desde la comprensión de los fenómenos violentos se puede caminar hacia su erradicación. El miedo a perderlas, a no saber cómo seguir adelante sin ellas no viene sólo de un sentimiento de posesión sino también de un sentimiento de indefensión; ellos también son víctimas de una educación que no les facilita esas herramientas, que les hace sentirse menos hombres si son ellas las que se marchan; una sociedad que no ha valorado la sensibilidad masculina, que no admite la debilidad, que ensalza la fuerza y la violencia como características positivas de los hombres y que, también, muchas veces, es injusta con ellos en las rupturas de pareja.
Las mujeres, por nuestra parte, aprendemos a gustarles, a seducirles. Nos enseñan a valorar nuestro cuerpo según sus gustos; a complacerles, a ser felices haciéndoles felices, a buscar en ellos protección y agradecer el piropo y el paternalismo. Leemos sobre eso, escuchamos canciones que nos transmiten esos mensajes, vemos películas en las que el sexo termina justo cuando ellos acaban de eyacular y se echan a un lado exhaustos mientras ellas suspiran encantadas. Aprendemos así. Cargamos también con el sentimiento de culpa cuando no somos capaces de cumplir sus expectativas, nos convertimos en víctimas de violencia verbal, psicológica, física y tenemos miedo, miedo de no saber qué va a pasar después, hacia qué abismo nos dirigimos.

Y así, mujeres y hombres, nos enredamos en relaciones infelices porque no hemos aprendido primero a ser personas completas y querernos así. Ese amor propio es una herramienta poderosa ante cualquier abuso.

La violencia contra las mujeres es un fenómeno, no obstante, poliédrico y que se manifiesta en sociedades muy distintas y en contextos muy diferentes. México, Afganistan, El Congo, Nigeria... España. En todas partes hay mujeres que mueren a manos de hombres. Según los casos, son mercancía, son cuerpos sin valor, son trofeos de guerra, son sacrificio religioso... Y son también mujeres asesinadas por aquellos hombres que debían amarlas, aquéllos en los que confiaban.

Hace muy poco una mujer de Sevilla, Eva M.P.D., de 42 años, fue asesinada por su ex marido cuando fue, como hacía cada día, a prepararle la comida a la casa de la que ella se había marchado con sus hijos. Seguramente este es uno de los ejemplos paradigmáticos de esta violencia machista, doméstica y terrible y de la necesidad imperiosa de avanzar hacia otro tipo de relaciones entre hombres y mujeres.



lunes, 14 de septiembre de 2015

Rumbo a México... Más allá del miedo están ellas

Proyecto literario con mujeres de la frontera norte mexicana 




Entre los días 23 de septiembre y 18 de octubre de 2015 viajaré a México para llevar a cabo un proyecto con mujeres de diferentes ciudades de la frontera con Estados Unidos (Ciudad Juárez, Tijuana, Saltillo, Monterrey…), además de Puebla, Guadalajara, Ciudad de México..., que, bajo el epígrafe “Más allá del miedo están ellas”, persigue recoger testimonios de su vida cotidiana y su universo más íntimo.
El objetivo es que esos relatos pasen a formar parte de un libro y, posiblemente, de un documental.
Se trata de mostrar cómo es el discurrir de estas mujeres en lugares en los que su condición femenina las convierte en víctimas. En este marco de violencia, respirando el terror del feminicidio, de las desapariciones y violaciones impunes, lo que me interesa investigar es el día a día en lo familiar, con los hijos y las hijas, la amistad, el vecindario, el trabajo, el amor o el arte, para comprobar si se convierten (o no) en espacios de supervivencia emocional; así como la importancia del universo femenino como reivindicación y denuncia, pero también como demostración de valentía, más allá del miedo. No obstante, sobre el terreno, serán sus propios intereses los que determinen el resultado de esta propuesta.
En cada destino desarrollaré encuentros con grupos de mujeres en los que, a través de algunas sencillas propuestas literarias, ellas podrán escribir, o relatar, experiencias vitales que estén interesadas en compartir.

MARCO DE ACTUACIÓN

Aunque se trata de un proyecto personal, aprovecharé para llevarlo a cabo el contexto del recorrido poético que desarrollaremos un grupo de poetas españoles por tierras mexicanas.
Los poetas Uberto Stabile, Antonio Orihuela, Ángel Petisme, la performer Tarha Erena Sarmiento, Javier Seco (en una parte del recorrido) y yo misma, Inma Luna, emprenderemos  la “Ruta del Norte del Ejército Iluminado” desde Tijuana hacia Ciudad Juárez, El Paso, Tecate, San Diego, Mexicali, Monterrey, Puebla y Ciudad de México, entre otros lugares, para participar en recitales y festivales como el Festival de Poesía Caracol de Tijuana, el Encuentro de Escritores por Ciudad Juárez o el Festival Edita de Puebla. 



FINANCIACIÓN

Con la intención de financiar este proyecto he puesto a la venta a través de la redes sociales, y por 10€, mi último poemario, Un vago temblor de rodillas en el corazón, de la editorial Crecida, que me ha cedido los derechos y cuya recaudación destinaré a tal fin.

 

PARA COLABORAR O MÁS INFORMACIÓN, ESCRÍBEME UN MENSAJE A TRAVÉS DE FACEBOOK  https://www.facebook.com/inmalunatica




domingo, 5 de abril de 2015

Un mordisco distante




En cuanto tomas la más mínima distancia, ya digo, mínima, un saltito de nada, un levantarse, se va entendiendo, se puede empezar a considerar el absurdo. Nos alejamos de lo más animal, lo instintivo, lo primario -que no desecho, que a veces conviene- y dejamos que entre la luz de lo trascendente. Ahí, entornando la vista, las impresiones se colocan en su sitio y lo que resultaba vital degrada su color, se achica, se va difuminado y el mordisco distante acaba por tragárselo.

Pero pasamos tanto tiempo a rastras, serpenteando, vaciándonos en el esfuerzo de la tarea diaria; vamos y regresamos profundizando el surco, sin levantar la vista, sin volar.

Y vidas, vidas enteras reptilianas, respiran polvo, huelen únicamente el rastro de su predecesor y obtienen a cambio satisfacciones muy pequeñas, una felicidad escuálida que calma su básica ansiedad.
Luego, miro la flor, su efímera constancia, el árbol cercenado y preso y sé que ahí nos encontramos, en el discurso de la naturaleza y su desabrigado estar, en su pulsión irreverente, su militancia heórica, mi desapego, su despegar.








domingo, 1 de marzo de 2015

En Último cero: Inma Luna revisa su infancia y madurez en el poemario `Divina´

Un ajuste de cuentas consigo misma. De esta forma define la poeta y periodista Inma Luna a `Divina´, su último poemario, una obra que pretende reconciliarla con la niña, la madre y la esposa adolescente que fue. El punto de partida de este libro fue el hallazgo de uno de sus cuadernos de Religión. "El que me encontré es de cuando tenía 11 años. Al ojearlo me sorprendió ver cosas que permitían que me identificara con la persona que soy ahora. Sin embargo, también había muchas correcciones impuestas por la educación que recibía tanto en el colegio como en casa y que fueron cambiando la semilla de mujer que yo era. Sentí que necesitaba hacer una revisión de todo eso y ver cuándo me había rendido y optado por caminos que de otra forma no hubiera elegido", explica esta poeta.
Precedido por citas de autoras como Alejandra Pizarnik o Anne Sexton, este poemario comienza refiriéndose a la primera etapa de escolarización de Inma, en la que ésta estuvo en un colegio de monjas. Su relato es el de una niñez de pérdidas (se me olvidó jugar con las hormigas, acariciar a la serpiente, improvisar canciones... narra en `Extravíos´) y represiones (todo lo interesante ocurría en otro lado, por eso nos prohibieron mirar por las ventanas, escribe después en `Privadas´). Esta represión continuaría con la ejercida sobre su propio cuerpo. "Renovaron entonces los uniformes, holgándolos, engrosando la tela, desajustando el talle, desdibujando a las mujeres que pujábamos por ser", narra en otro de sus poemas.
A pesar de que en sus versos hay un cierto dolor y resentimiento, Inma reconoce que no recuerda esos años como una etapa terrible. "No es un libro rencoroso. En realidad, es un ajuste de cuentas conmigo por no haber sabido rebelarme. Aunque recrimino ese tipo de educación, no juzgo a las personas que actuaron así porque ellas también tuvieron una educación represora", aclara. Esa etapa de niñez y adolescencia en la que aprendió a subirse al tejado, en la que no la dejaban jugar con los chicos o en la que, como escribe en otro de sus poemas, hicieron picadillo su intimidad, hubo algunos resquicios desde los que poder seguir respirando. "Los míos eran la literatura y la escritura, aunque por encima de todo acabó siendo el amor, que es lo que más me ha salvado en la vida", reconoce.
Este poemario también recoge su embarazo y las reacciones que suscitó entre la gente más cercana. "Quisieron hablarme de sexo al enterarse de mi embarazo y ni siquiera entonces supieron cómo hacerlo, así que me obligaron a casarme para evitar el tema", escribe. Los poemas que acompañan a esta etapa hablan del miedo a los espejos y a unos vaqueros que ya no había manera de abrochar, pero también de la falta de libertad. "No me dejaron elegir el vestido de novia, el peinado, el ramo", narra Inma Luna, describiendo con ello un "pack" en el que a continuación se van sumando el sí quiero, el párroco, la iglesia y el novio.
"Todo esto eran cosas de las que sentía que tenía que escribir, aunque no he sido consciente de ello hasta hace poco", reconoce. "No me atrevía a enfrentarme a todo esto. Tenía miedo de que desembocara en un proceso doloroso, pero al final no lo fue en absoluto. Los poemas tienen un tono de ironía y sentido del humor que me han facilitado la escritura. También hay una cierta distancia", continúa esta poeta, quien asegura que ante todo ha sido un libro liberador.
Sus poemas están acompañados de una serie de ilustraciones y fotografías de la artista plásticaLoreto Rodera. "No podían complementarse mejor con los versos", indica Inma. Asimismo, este libro incluye varias citas de `La Divina Comedia´ que acaban convirtiéndose en el hilo conductor de todo el poemario. "Lo leí de pequeña, cuando tenía 12 años, y recuerdo que me entusiasmó. El recorrido por los infiernos, el purgatorio y los cielos que hizo Dante se convierte en mi libro en un camino paralelo a mi recorrido emocional", explica.
`Divina´ ha sido publicado por la editorial canaria Baile del Sol, en la que ya figuran otros de sus libros como `No estoy limpia´, `El círculo de Newton´ o `Las mujeres no tienen que machacar con ajos su corazón en el mortero´. Después de su presentación en la librería A pie de página, que comenzará a las 20 horas de la tarde, Inma acudirá al bar El Desierto Rojo, donde ha sido invitada para seguir recitando en compañía del grupo Susurros a pleno pulmón. A lo largo del mes de marzo la esperan nuevas citas en las que podrá continuar dando a conocer esta obra, como la que la permitirá estar el día 7 en Zaragoza, el 12 en Las Palmas de Gran Canaria, el 13 en Tenerife o el 20 en Logroño, en esta ocasión dentro de la programación del festival Voces del Extremo.
Durante el mes de julio Inma prevé publicar un nuevo poemario. "Aún no tiene título, pero incluirá poemas breves en los que hablaré de la relación con la naturaleza y con las raíces. En ellos también quiero reflejar un proceso vital en el que me encuentro, en el que camino entre la tristeza y un nuevo impulso vital", adelanta. En este momento Inma también está trabajando en su segunda novela, tarea que compagina con la dinamización de unos talleres de escritura destinados a adolescentes y adultos que semanalmente se organizan desde la librería Punto y coma de Leganés. Además, esta poeta ha creado un blog gastronómico llamado `La salsa de la vida´, tema al que identifica como otra de sus pasiones.
Laura Fraile