Foto de Ángel Muñoz

martes, 7 de abril de 2009

Qué extraña escena describes y qué extraños prisioneros. Son iguales a nosotros.



Un empleo y una casa para Dani (Gente Digital)

Un joven recibe como premio un viaje por ser el cliente número veinte millones de un centro comercial, pero éste lo rechaza: está en paro y sin casa, no puede permitirse esos lujos. El centro comercial decide cambiarle el premio, y le ofrece un puesto laboral y una casa durante un año...






"En la fachada del Centro, sobre sus cabezas, un nuevo y gigantesco cartel proclamaba, VENDERÍAMOS TODO CUANTO USTED NECESITARA SI NO PREFIRIÉSEMOS QUE USTED NECESITASE LO QUE TENEMOS PARA VENDERLE" (La caverna, José Saramago)

Dani no había leído La caverna. Tampoco leía el periódico ni le gustaba el café. Sin embargo pasaba horas hojeando la prensa y tomando pequeños sorbos de una taza que reposaba sobre la mesa del jardín. El periódico, el café y el jardín eran falsos. Tampoco Dani existía. Había surgido de la imaginación de un grupo de creativos publicitarios. Le habían escrito el guión de su vida y le habían construido una casa transparente en medio de un centro comercial. Al chico que era antes de convertirse en Dani le pareció una idea divertida y una forma sencilla de ganar dinero sin salir de uno de los lugares que más le gustaban, el centro comercial.
Se despertaba cada mañana cuando se alzaban los cierres del Alcampo y se daba una ducha rápida intentando esquivar las miradas y risas de las cajeras. Desayunaba la marca de cereales y de leche que decidían sus jefes, se vestía con la ropa que ellos le facilitaban y se sentaba a fingir que leía las revistas que habían seleccionado para él. Por la tarde le visitaban un par de falsos amigos con los que simulaba que se divertía durante algunas horas.
La gente se acercaba hasta la casa de Dani y le observaban, unos con curiosidad, otros con envidia. Algunos niños le lanzaban monedas, apuntaban a su cabeza, le herían. Algunas chicas intentaron conseguir su número de móvil pero él tenía prohibido interactuar con los clientes del centro comercial. Las ventas se elevaron de manera considerable. Todo el mundo quería ser como Dani, vestir como Dani, comer como Dani, tener la casa decorada de la misma forma... Los directivos del centro aprovechaban el tirón.
Un día los amigos del chico que había sido antes de convertirse en Dani pasaron a saludarle, le llamaron por su nombre pero él no les reconoció ni sabía por quién preguntaban. Otro día se acercó por allí su madre, le llevó una tortilla de patatas, jugosa y doradita, como a él le gustaban, pero el chaval ya había olvidado sus propios gustos y tampoco recordaba a esa señora que lanzaba hipidos llamándole Juan Carlos.
Pasaron los años. Dani nunca salió de aquella casa transparente y hermética, no lo NECESITABA. De todos modos aunque hubiese querido no habría podido hacerlo, lo ponía bien claro en la letra pequeña de su contrato.