Foto de Ángel Muñoz

viernes, 10 de septiembre de 2010

Los ásperos atardeceres que se chillan


Temo los callejones, meterme en ellos, no encontrar la salida, verme obligada a rascar las paredes con las uñas, patalear en el suelo, gritar histérica..., retroceder para llegar de nuevo a un comienzo que había dejado atrás. No es un discurso circular, es un acercamiento al miedo. He entrado esta vez, ayer, con muletas de humo, con patadas de loca en puertas blancas, con abucheos por las formas. He abierto las manos y las piernas, tocando muros húmedos, tragando lascas tan calizas que me volvieron del revés. Luego, con el cansancio laxo tras la lucha, me dormí justo en mitad de túnel, envuelta suavemente entre el vapor del vino y el rechazo, en el refresco del asfalto. Ya soy capaz de levantarme con el foramen magnum paralelo a la tierra, sacudirme la caspa del sistema lunar, recoger litros y litros de oxígeno azulado. Los adoquines continúan duros, lustrosos como si fuesen insalvables pero ahora sé que la salida está en alguna parte y que si miro con la agudeza justa, con el guiño preciso, sabré salir, lograré que salgamos, sin rasguños mortales de este lugar incómodo en el que hemos dejado de reírnos.

3 comentarios:

Uno que mira dijo...

El hambre de vida es el hambre debida.
Dicho en voz alta parece una chorrada.
Hay cosas que sólo pueden entenderse por escrito.

Por eso me resulta raro que las cosas que tendría que decirte sólo me salgan decirlas en silencio.

Que me gusta ese rebelarse para revelarse.

Y que necesito que alguien me recuerde cómo era que se hacía.

Mira que tengo maneras raras de repartir besos.

Inma Luna dijo...

Unito, en esa dimensión nos entendemos, esto no tiene otra forma de ser que ser así. Llegan tus besos aunque tenga las persianas bajadas. Y a ti los míos?

Furtiva dijo...

Salir de la inmovilidad, un reto complicado...

Me gusta la fuerza de este texto.