Foto de Ángel Muñoz

lunes, 5 de noviembre de 2012

Las generosas palabras de la Cañamares

Mi hermana poética Ana Pérez Cañamares, hizo esta generosa presentación de mi último poemario Existir no es otra cosa que estar fuera. Y yo que hacía sólo unos días me había preguntado por la utilidad de presentar un libro... Sólo para que ella escriba algo como esto, sólo para que ella me lea mejor que me leo yo, sólo para poder darle las gracias siempre, sólo para eso merecería la pena. Léanlo, permítanse el placer.



Presentar a Inma Luna está entre el honor y el papelón, porque la conozco igualmente como escritora y como persona, y no podría decir cuál me gusta más, porque no las distingo. Primero la admiré y luego la quise; y no quiero exculparme con este orden de sentimientos; sí diré que he leído su libro dos veces, una intentando olvidar lo primero y otra haciendo por ignorar lo segundo. Y debemos de estar en las mismas, porque no sé cuál de las dos veces me ha gustado más. En fin, que tengo mucha suerte de leerla y quererla, junto y por separado.

Inma es una de las poetas más físicas y sensuales que conozco. Pocos como ella han usado tantas veces el cuerpo y sus miembros: si no estuvieran tan llenos de vida, sus poemas parecerían una mesa del instituto anatómico forense, abarrotados de pulmones, corazón, sangre, tripas, ovarios, vísceras y entrañas de toda clase. Probablemente, aventuro, es porque Inma intuye que el cuerpo sabe la verdad . Ella hace una traducción de lo que el cuerpo sabe y siente a palabras. Si Dios está entre los fogones -y los fogones tampoco son ajenos a Inma ni a su poesía-, la poesía está bajo la ducha, entre las sábanas, sobre el paritorio, en nuestros dolores de estómago o de cabeza, en los restos que deja la existencia.

Sin embargo, creo que este es su poemario menos orgánico en este sentido. No es que haya dejado la casquería, pero tengo la impresión de que su poesía, desde el mismo título, ha dado un paso hacia delante, y ahora importa no tanto lo de dentro sino la piel, en cuanto supone roce continuo con lo de fuera, la frontera entre el yo y el tú, el nosotros (“Estuve,/ellos me vieron”). Ha habido un desplazamiento del dentro al espacio entre el interior y el exterior. Este cambio se ve en los campos semánticos – el agua y la luz, omnipresentes, la arena, el viento, las nubes, las olas, las raíces-, en las identificaciones – con la tormenta, con los pájaros, con la hormiga-, en la forma de decir – no tan indirecta, tan onírica como antes, sino más clara, más reflexiva, más mestiza en todo caso- y sobre todo en la postura vital. “Los colores que manchan las entrañas” o “Descansar por fin/en una playa hasta que me desangre/y así la arena y yo seamos solo una”. El afuera está cambiándonos, influyendo, removiendo continuamente el adentro. Podemos estar solos, pero casi nunca somos solos.

Y aunque Inma haya abandonado, en parte, los túneles del cuerpo, yo la veo más desnuda que nunca. Menos escondida, más instalada en la intemperie, en parte dejados de lado estos interiores que le servían de refugio, porque los refugios son siempre circunstanciales, nunca definitivos. La veo más valiente en cuanto que abrazando el presente sin ocultar sus mecanismos de huida. El pasado está como camino, sin recriminación que podría robarle energía al ahora. Todo lo anterior aparece como lo inevitable para llegar hasta este momento que arropa y que rasca. Entre la inocencia y la culpa, está el lugar habitable donde todo es presente.

Inma sigue sin hacer concesiones al sentimentalismo. Quizá por eso parezcan poemas duros, porque no hay autocompasión ni autocomplacencia, no hay trampa. Sigue siendo la poeta que no tiene miedo de las palabras y que titula un poema “Mandangas”, que no las mistifica, que las usa como una masa y que, eso sí, considera tan importante el ajo como un buen vino, alimentar como entrar por los ojos. Creo que ella lo considera un poemario de transición, que a ella misma le resulta extraño. Yo añado que todos los poemarios son, o debieran ser, de transición. Cada poema debería ser un salto al vacío que contenga el vértigo y el paracaídas.

Porque para mí este poemario es una oda a la vida como riesgo. Somos los riesgos que corremos, viene a decir Inma. Somos el atrevimiento y la fragilidad sobre la que se apoya. Es también un poemario de reivindicación del juego, de jugar a ser niños siendo mayores, o de jugar a ser mayores siendo niños. Un juego en el que no siempre se eligen los juguetes, pero en el que todo se mira con curiosidad. No hay recetas, sino sólo el placer y el vértigo de seguir jugando, de girar en círculo para volver al principio, perderse en los laberintos y por el camino descubrir nuevas perspectivas. “Perder el equilibrio”, dice ella, “sin rompernos el alma”. Si acabamos la vida siendo bebés, por qué no volver a la niñez un poco antes. Disfrutar la perpetua tensión entre quedarse y huir, andar y parar, entrar y salir, viajar y disfrutar de nuestro sillón. Vivir es esta tensión y la decisión de hacia qué lado elegimos rendirnos en cada momento. Cómo no va a cansarse una de vivir si hasta de jugar se cansa. Pero sale el sol, una ola nos lame un pie, alguien nos besa en la nuca, y todo vuelve a empezar. La alegría, para quien se la trabaja. Aquí no se desprecia nada. Hay que “abrazar lo que venga”, ya sea la muerte, ya sea el amor, y hacer de ambas un tratado de buenas conductas y aprendizajes. Y si en algún momento huimos, que sea para contar lo que vimos en los rincones que nos cobijaron.

Y todas estas cosas tan sabias no las digo yo. Las dice Inma en este libro. Por eso hay que leerla, en sus poemas y en sus sonrisas. Quienes tengan, quienes tengamos esa suerte.